Un paseo por Coimbra
Coimbra es la ciudad universitaria de Portugal
Y uno de los lugares que no había visitado la primera vez que viví en Portugal. Bueno, en realidad sí que había visto algo de esta ciudad: un McDonalds en las afueras que no os recomiendo encarecidamente visitar. Así que en el puente de Diciembre (que aquí también existe, aunque no tan largo como en España) cogí un tren y me fui para allá.
Se encuentra en el centro de Portugal, y tiene más de 140.000 habitantes, población que crece durante el curso. Es Patrimonio de la Humanidad y su Universidad es una de las más antiguas de Europa, fundada a mediados del siglo XIII. Y su tradición más conocida, también le viene gracias a la vida universitaria con la famosa Queima das Fitas, que bien se merece otro artículo.

A Coimbra llegué cuando el sol caía sobre el río Mondego, una tarde de principios de diciembre. Lo que me gusta y, a la vez, me disgusta de viajar en invierno es que anochece pronto. De repente, a partir de las cinco, todo empieza a cambiar. La luz naranja de las farolas pinta las paredes con el mismo color por igual. Y lo que por la noche parecía una cosa, por la mañana se convertía en otra totalmente distinta. Puede parecer una tontería, pero así visitas dos veces la misma ciudad.
Es domingo por la tarde y en Portugal cierra todo demasiado temprano
Así que me digo a mi mismo “piérdete” (literalmente), cuando salgo del hostel donde estaba alojado. Bajo un poco y empiezo a subir, buscando el punto más alto. El centro de Coimbra es un entramado de calles estrechas y empinadas, cuando no son escaleras. Los portugueses tienen la mala manía de construir entre montes y valles, aunque hay que reconocer que el resultado es bonito.

Todo lo que sube inevitablemente debe bajar. Así que cuando llego a la Universidad, que es lo más alto de la ciudad vieja, me doy la vuelta. Bajo por otro camino, porque no me gusta desandar lo recorrido, pasando por los solitarios y oscuros callejones, llenos de pintadas.
Llego al Arco y Torre de Almedina, entrada principal de la ciudad vieja, y salida a la calle comercial de la ciudad, donde menos algún bar todo está ya cerrado. Incluso no hay gente por la calle y sólo son las 9 de la noche. Lo dejé estar y, tras pasar por el Ayuntamiento y el Panteón Nacional de Santa Cruz, donde descansa el primer Rey de Portugal, Dom Afonso, volví a cenar al hostel.

La mañana trae al lunes, la lluvia y una oficina de turismo abierta
Pregunto, como si ayer no hubiera visto cosas ya, lo que puedo visitar en la ciudad. Con información y un mapa, empiezo por el Jardím da Sereia y sus murales de azulejos; el acueducto de San Sebastián, construido sobre uno romano, y el Jardín Botánico, con sus exóticas especies arbóreas traídas de Asia, África y Oceanía.

Cuando acabo, vuelvo a la Universidad otra vez, ya que hoy sí está abierta. Hay dos partes, claramente diferenciadas. Los nuevos edificios, algo “brutalistas”, construidos en la época del “Estado Novo” y que rompen totalmente con el conjunto histórico. Y al otro lado de la calle, el rectorado y paraninfo, Patrimonio de la Humanidad y filón de oro para Coimbra, por sus famosas caras entradas.
Por cierto, según me contaron Conchi y Lisa, amigas voluntarias en la ciudad, dice la leyenda que esas bolas que veis en la fotografía de abajo se caerán si alguien termina virgen la Universidad. Llevan bastantes años ahí y todavía no se han movido ni un centímetro.

De la Universidad bajé (con cuidado, que el suelo resbalaba) a la románica Catedral vieja, escondida en el centro de la ciudad. De allí, continué hacia el rio. Y al doblar una esquina… ¡Sorpresa! Me encuentro con Stefania y Eszter, también amigas de la formación de voluntarios, de visita también aquí. A partir de ahí ya iríamos todos juntos.
Después de comer, cruzamos el Mondego por el puente de Santa Clara
En el otro lado hay un par de conventos, la Quinta de las Lágrimas, con su historia romántica similar a de Los Amantes de Teruel, un lugar llamado Portugal en Miniatura, parecido al Pueblo Español de Palma de Mallorca. Pero lo que mereció la visita fue el mirador desde el que se domina toda la ciudad.

Nada más bajar, quedamos con Conchi y Lisa, que nos dicen que no hay mucho más que ver. Excepto una cosa, el Penedo da Saudade, que es mejor visitarlo de día. Así que la mañana de mi regreso a casa, después de haber salido la noche anterior con ellas y con el tiempo justo, corro para visitarlo.
El Penedo da Saudade es el recuerdo que algunas generaciones de graduados en la Universidad dejan para la posteridad. Suele ser una poesía o un texto corto, grabado en una placa y colocado en un mirador sobre la parte nueva de la ciudad.
Al volver, camino de la estación, leí en una pared: “Uma vez Coimbra, por sempre saudades”. Y ahora puedo hacerme una idea de porqué.