• Ando de lado a lado

  • Aterrizando en Lisboa

    ¡Cómo pasa el tiempo! Lisboa parecía tan lejana cuando empecé el verano. Y ahora ya llevo una semana aquí. No ha podido ser un aterrizaje más suave. Quizá sea culpa de la (poca) distancia con mi casa y que es un país relativamente parecido a España. Al fin y al cabo, somos hijos de una misma madre. La forma de vida es similar, aunque se nota que viven más cara a Europa. Para muestra, los horarios: los locales del Bairro Alto cierran a las 3 de la madrugada los fines de semana.

    Lisboa me está empezando a encantar poco a poco. La primera impresión que tuve no fue buena. No me gusta ese punto decadente que empiezan a tener algunas ciudades europeas, y que en España no veo de momento (aunque sé que llegará). Lisboa apesta a decadencia y, sorprendentemente, es en los barrios más modernos donde se percibe más: casi todo está viejo, mal conservado y algo sucio.

    Pero aún con todo, me va gustando perderme por sus rincones, especialmente aquellos donde se divisa toda la ciudad. Lisboa es conocida como “la ciudad de las 7 colinas” y eso se nota en las piernas. Pero también proporciona unas vistas increíbles: fue viendo el Tajo desde lo alto del Parque Enrique VII donde me di cuenta de que Lisboa era un gran sitio para quedarse. Además, resido en un barrio bastante bonito: es una zona de casas bajas construida en los años treinta del siglo pasado. Es un barrio pequeño, pero cuco; algo alejado del centro (y su fiesta), pero muy tranquilo.

    Quizá la gente sea la que hace grande y querida esta ciudad y el resto, lo que entra por la vista, es todo accesorio. Los portugueses son gente muy abierta; ya he podido comprobar que a los españoles nos tienen en un pedestal y no tienen ningún problema en hacerse entender si no dominas el portugués (cosa que espero hacer de aquí a junio). Y exactamente igual con la gente que viene de Erasmus aquí, aunque supongo que si te vas de intercambio es porque quieres cambiar y conocer nuevas culturas y personas. También la cerveza hace mucho…

    Así que entre las nuevas amistades y que cada momento me gusta más Lisboa, la primera semana no ha ido nada mal. A partir de mañana, todo será algo diferente: empiezan las clases (en inglés, de momento). Vuelta a una rutina que, curiosamente, no va a tener nada de ella.

  • Me voy de Erasmus

    La cuenta atrás ha empezado. Estoy al borde de un abismo y me quiero tirar. Voy a empezar una de las experiencias que más me van a marcar en mi vida. Me voy de Erasmus.

  • Metro de Madrid y las reclamaciones

    Muchos me preguntáis cómo hago para tener un pelo tan brillante y sedoso. Me gustaría decíroslo, pero he jurado contar nada; ese secreto se lo llevará a la tumba mi estilista. Lo que sí puedo contar es qué estoy haciendo otra vez en Portugal, país al que he vuelto recientemente, como supongo muchos habréis adivinado, si no leído, por mis últimas entradas en el blog.
  • La caída de los gigantes

    El Tour de Francia es uno de los protagonistas indiscutibles de las tardes veraniegas de mi infancia. Mi bicicleta esperaba fuera, pero mi abuela no nos dejaba salir a la calle porque hacía calor. Así que el Tour era la única salida. En la tele aparecían unos bestias, que subían aparentemente sin esfuerzo pendientes imposibles. Eran los tiempos del pirata Marco Pantani, de Jan Ullrich, y por supuesto, de Lance Armstrong.

    Ullrich ganó la Grande Boucle de 1997. Pantani la de 1998. Y Armstrong consiguió ganar nada menos que 7 seguidas, desde 1999 hasta 2005. Parecía que nada ni nadie podía con Armstrong. Ni Ullrich, ni Beloki, ni Zulle. Ni una caída subiendo Luz Ardiden (ver vídeo). Nada. El ciclista tejano se convirtió en el ídolo de todo el mundo: un chico joven, un luchador que acababa de superar un cáncer, empieza a ganar Tours como si fuera algo al alcance de todo el mundo.

    Pero los gigantes empezaron a caer. Primero, para mi desgracia (era el que más me gustaba), fue Pantani, descalificado del Giro de Italia de 1999 por dar positivo en EPO. Il pirata, posiblemente el mejor escalador de su generación, acabaría falleciendo años después, consecuencia de su adicción a las drogas.

    Ullrich, considerado el eterno segundón, tardaría un poco más en ser desenmascarado. Fue en la famosa Operación Puerto contra el dopaje realizada en 2006 cuando su sangre fue encontrada en casa del doctor Eufemiano Fuentes.

    Ahora, le ha llegado el turno a Armstrong. Todo el mundo sospechaba, pero nadie decía nada. Todos los controles antidopping realizados habían dado negativo. Estaba totalmente limpio, hasta que han hablado los compañeros de equipo de Lance. Podría parecer de película, pero es totalmente real. Armstrong no sólo se dopaba, si no que además tenía una red de personas que le proveían de “material” a él y su equipo.